"La Niña", un fenómeno que llegó para quedarse

Sequía / La peor de los últimos años

"La Niña", un fenómeno que llegó para quedarse

El otoño y el invierno, nuevamente amenazados; después de una probable pausa en los últimos días de enero, febrero y marzo, a partir de abril reaparecería la falta de lluvias en vastas zonas del país


Sábado 17 de enero de 2009

La presente será una campaña agrícola difícil de olvidar. A los problemas generados por la permanente intervención del Gobierno que dio como resultado enormes pérdidas e incertidumbre en los agricultores de todo el país, se suma una grave sequía que afecta a múltiples zonas productivas y que, según se estima, se extendería al ciclo 2009/2010. Entre estas calamidades, se ubica, por suerte, un aspecto que en el agro nunca se olvida: la aplicación y el manejo de tecnología, esa enorme riqueza que, en manos de especialistas y productores, puede llegar a impedir, en la medida de lo posible, que la magnitud del desastre sea mayor aún que lo que es dable esperar.

Pero vayamos por partes. El ingeniero Eduardo Sierra, especialista en Agroclimatología, advierte que durante los últimos días de enero, febrero y marzo se experimentará una pausa en "la Niña" que aportará lluvias, pero que, a partir de abril, se reactivará la sequía.

Esta frase, que suena muy fuerte, es avalada también por otros especialistas. El ingeniero Javier Grimau, analista del Departamento de Estimaciones Agrícolas de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, sostiene que, de cumplirse los pronósticos que señalan un aumento de las precipitaciones durante el resto del verano y el principio de otoño, los cultivos de cosecha gruesa se verían beneficiados parcialmente, ya que la sequía hasta ahora reinante en prácticamente todas las zonas agrícolas del país ha causado disminución en el rendimiento potencial de los plantíos.

Para Grimau, los pulsos húmedos serían significativos para la evolución del cultivo de soja, que, por su versatilidad, no resentiría más rinde del que hasta ahora habría perdido. En cuanto al maíz, que prácticamente tiene definido el crecimiento, sobre todo en la zona núcleo maicera, no se recuperaría debido a lo avanzado del ciclo y a los daños irreversibles que causó la falta de humedad al cultivo.

Por último, Grimau sostiene que, una vez terminado el período de lluvias, se daría otro de sequía prolongado en la segunda parte del otoño y del invierno. "Con lo cual, se deben afilar las estrategias para la campaña de la siembra fina 2009/10, ya que las reservas edáficas disminuirían en consecuencia", finalizó el especialista de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires.

Aspectos fundamentales

Resulta fundamental, entonces, extremar los cuidados de manejo de reservas de agua de los suelos y poner en práctica todos los recursos tecnológicos disponibles para disminuir, dentro de lo posible, los resultados de un extenso período de falta de precipitaciones. Técnicos y productores en su mayoría ya lo hicieron en la actual campaña, pero, por lo que se ve, tendrían que repetirlo, con igual o mayor intensidad en el ciclo 2009/2010.

Al referirse al presente ciclo, Julio Lieutier, asesor del CREA Seguí -La Oriental (que comprende Rojas, Junín, Chacabuco y Chivilcoy), sostuvo que a estas alturas del año "lo único que resta es poner especial énfasis en la limpieza de las malezas y en el control de las plagas del cultivo". No obstante, agregó que la aplicación de tecnología estuvo presente desde el comienzo mismo de la campaña, máxime si se tiene en cuenta que falta agua desde marzo.

Por eso, modificaciones en la genética, cambios en las fechas de siembra, alteraciones en la distancia entre surcos, diversificación de cultivos y seguimiento del agua útil del suelo, entre otros aspectos, fueron los puntales de todas y cada una de las decisiones.

En maíz, por ejemplo, en septiembre, antes de su siembra, se verificó si el agua útil del suelo (aprovechable por la planta) llegaba al 60-70%. Sólo en ese momento se decidía su implantación. Así se hizo el 70% de la forrajera. Si no se cumplía esa condición de humedad se pasaba directamente a diciembre para terminar con el restante 30% de la siembra. Si llegado el fin de noviembre no había agua, el campo iba directamente a soja.

Lieutier aclaró que este planteo se realizó en campos propios, en aquellos alquilados no se hizo maíz, se sembró únicamente soja, porque en estos casos "los números no cerraban".

En trigo, pese a todos los esfuerzos, los resultados no fueron buenos y la soja temprana hoy necesita agua, porque se encuentra en un período crítico (formación de vainas).

Lieutier finalizó describiendo la situación actual con bastante pesimismo. Dijo que la campaña se está desarrollando con costos un 50% más altos que los del año pasado, con caída de precios, imposibilidad de fijar precios a futuro, una sequía implacable y una descapitalización creciente por parte del productor.

Por su parte, el ingeniero Rodolfo C. Gil, técnico del Instituto de Suelos del INTA Castelar, también puso especial énfasis en la importancia del agua útil y en todo aquello que signifique "labores preventivas". Respecto del agua útil, debería oscilar entre 140 y 150 milímetros hasta el metro de profundidad. En ese metro se ubica el 80% de las raíces que son las que aprovecharán el agua disponible. Pero estas condiciones en esta campaña no se dieron, por eso Gil asegura que, descontándose las pérdidas ya provocadas, es necesario que llueva, sobre todo para que la soja pueda defenderse. Asimismo, para Gil es fundamental que el suelo tenga buena estructura y buena cobertura, de manera que la lluvia que pudiera producirse (50 milímetros, por ejemplo), "caiga adentro". Con buena estructura, materia orgánica adecuada y raíces abundantes, se logra mayor capacidad de infiltración.

Según Gil, entonces, es importante realizar rotaciones con cultivos que aporten raíces y rastrojos (maíz, trigo y sorgo). Para el especialista, en resumen, la materia orgánica y la estructura del suelo mejoran la captación de agua y evitan mayores pérdidas de agua. Llegado el caso, es necesario administrar el agua que se almacene para llegar en buenas condiciones a la floración y al llenado del grano y evitar, así, que la floración caiga en épocas de mayores temperaturas.

El maíz, por cada milímetro de agua que consume produce aproximadamente 20 kilogramos de agua por hectárea; la soja, 8 kilogramos y el trigo, 12 kilogramos. "Cada milímetro de agua que se va, son kilos de granos que no se cosecharon", advierte Gil y agrega que "la única agua que se va del campo y es rentable es la que se elimina por transpiración". Además, enfatiza que el escurrimiento y la evaporación "son no productivas y no rentables".

Por lo tanto, para aumentar la eficiencia es importante minimizar esas pérdidas y aquí es donde entran a jugar de manera significativa las fechas de siembra, las mejores genéticas, el control de malezas, distancia entre hileras, densidad de siembra y, fundamentalmente, el manejo del suelo.

Y en este aspecto, destaca las ventajas de la siembra directa, importante para disminuir el escurrimiento y la evaporación y aumentar la infiltración para almacenar más agua disponible para las plantas. También puso de relieve los cultivos de cobertura (ver aparte) y la aplicación de tecnologías por ambiente.

Para Gil, hay que profundizar los ajustes tecnológicos a cada ambiente en particular, para mejorar la eficiencia de uso del agua. Todo pasa por la intensificación de la agricultura", finalizó el ingeniero Gil.

Por Héctor Müller 
LA NACION 


 


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