LITERATURA Y PESTE

LITERATURA Y PESTE


Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso describe la peste que tuvo lugar en Atenas en el siglo quinto antes de Cristo. Cuatro siglos después Lucrecio, para cerrar su magna De rerum natura, y después de tratar sobre las enfermedades contagiosas, concibe una versión del mismo episodio que los comentaristas suelen entender como una sátira de la vida ateniense o bien como la exposición de la idea de que la organización política fracasa ante la contigencia natural.

 

De la naturaleza de las cosas 

Libro VI, vv. 1137-1286, trad. D. José Marchena 

Unas enfermedades de esta especie,  
Causadas por mortíferos vapores,  
En los pasados tiempos devastaron  
Los campos de los términos Cecropios,  
E hicieron los caminos soledades,  
Dejaron la ciudad sin pobladores;
Porque naciendo en lo interior de Egipto,  
Después de atravesar vastos espacios  
De aire y de mar, por último se echaron  
Y sobre el pueblo de Pandión cayeron:  
Todos los habitantes a millares  
Se rendían al morbo y a la muerte:  
La enfermedad cogía la cabeza  
Con fuego devoraz, y se ponían  
Los ojos colorados y encendidos;  
Estaba la garganta interiormente  
Bañada de un sudor de negra sangre,  
Y el canal de la voz se iba cerrando  
En fuerza de las úlceras; la lengua,  
Intérprete del alma, ensangrentada,  
Débil con el dolor, pesada, inmóvil,  
Áspera al tacto: cuando descendía  
Después aquel humor dañoso al pecho  
Desde las fauces, y se recogía  
Alrededor del corazón enfermo,  
Entonces los apoyos de la vida  
A un tiempo vacilaban, y la boca  
De adentro un olor fétido exhalaba  
Como el de los cadáveres podridos;  
Y las fuerzas del alma se perdían,  
Y con su languidez tocaba el cuerpo  
En los mismos umbrales de la muerte.  


Se juntaba a estos males insufribles  
Una congoja de inquietud perpetua  
Y una queja revuelta con gemidos,  
Y sollozar perenne noche y día,  
Que sin cesar los nervios irritando,  
Envarando los miembros, desatando  
Las articulaciones, consumían  
A los que sucumbían ya cansados  
A la fatiga. Las extremidades  
De sus cuerpos no obstante parecían  
Estar no muy ardientes, ofreciendo  
Tibia impresión al tacto: al mismo tiempo  
Estaba colorado todo el cuerpo,  
Con úlceras así como inflamadas,  
Como si hubiera sido derramado  
Fuego de San Antón sobre sus miembros.


Un ardor interior los devoraba  
Hasta los mismos huesos, y la llama  
En su estómago ardía como hornaza:  
La más ligera ropa los ahogaba;  
Al aire y frío expuesto de continuo,  
Unos a helados ríos se tiraban  
A causa de aquel fuego en que se ardían,  
En las aguas más frías zabullendo;
Desnudo el cuerpo se arrojaban otros  
En hondos pozos; con la boca abierta,  
Ansiosos de beber, a ellos venían,  
Y su insaciable sed no distinguía  
Las aguas abundantes de una gota  
Cuando sus cuerpos áridos metían:  
Ningún descanso el mal les otorgaba;  
Tendido estaba el cuerpo fatigado;  
La medicina al lado barbotaba  
Con temor silencioso: revolvían
Noches enteras sus ardientes ojos  
A un lado y otro sin probar el sueño.  


Y muchos otros síntomas mortales  
Se notaban también además de éstos:  
Alma agitada de temor y pena  
Sobrecejo furioso y hosco rostro,  
Los oídos inquietos con zumbidos,  
Viva respiración, o fuerte y lenta,  
Cuello bañado de un sudor brillante,  
Poca saliva como azafranada  
Y cargada de sal de sus gargantas  
Con fuerte tos apenas arrojada.  


Se aticiaban los nervios de las manos,  
Los miembros tiritaban, y subía  
El frío de la muerte poco a poco  
Desde los pies al tronco: últimamente,  
Al acercarse el tiempo postrimero  
Tenían las narices encogidas  
Y su punta afilada, ojos hundidos,  
Huecas las sienes, la piel fría y ruda,  
Los labios abultados, resaltaba  
Tirante frente; a poco fallecían:  
El sol octavo o nono los veía  
Las más veces lanzar su último aliento.  


Mas si alguno escapaba de la muerte,  
Como a las veces sucedía, en fuerza  
De secreciones de úlceras malignas  
Y de negros despeños, sin embargo,  
La misma podre y muerte le aguardaban,  
Aunque más tarde: sangre corrompida
De su nariz corría en abundancia,  
Con dolores muy fuertes de cabeza;  
Todas las fuerzas, toda la substancia  
Del hombre así llegaban a perderse.  


Si no salía el mal por las narices,  
Y si no ocasionaba esta hemorragia,  
Atacaba los nervios, se extendía  
El morbo por los miembros, y cogía  
Hasta las mismas partes genitales:  
Y unos, temiendo la cercana muerte,  
Vivían por el hierro mutilados  
De su virilidad; privados otros  
De manos y de pies, quedaban vivos;  
Y perdían, en fin, otros la vista:  
Tan poderoso miedo de la muerte  
Cogió a estos infelices, y hubo algunos  
Que perdieron del todo la memoria  
Y aun a sí mismos no se conocían.  


Aunque en tierra yacían insepultos  
Montones de cadáveres, las aves  
Y voraces cuadrúpedos huían  
Su hedor intolerable, y no tardaban,  
Si los probaban, en perder la vida:  
Las aves, sin embargo, no salían  
Impunemente por aquellos días,  
Ni dejaban las fieras alimañas  
Las selvas por la noche; casi todas  
Sucumbían al morbo y fenecían:  
Principalmente los leales perros  
En medio de las calles extendidos  
Enfermos daban el postrer aliento,  
Que arrancaba el contagio de sus miembros.  


Precipitadamente arrebataban  
Sin pompa los cadáveres: no había  
Allí un seguro y general remedio:  
La pócima que había prolongado  
La vida a unos, a otros daba muerte.  


Pero allí lo más triste y deplorable  
Era que algunos de estos infelices  
Que se veían presa del contagio  
Se despechaban como criminales  
Condenados a muerte, se abatían,  
Veían siempre a par de sí la muerte,  
Y en medio de terrores perecían.  


Multiplicaba empero las exequias  
Principalmente el ávido contagio,  
Que no cesaba ni un instante solo  
De irse comunicando de uno en otro;  
Porque aquéllos que huían las visitas  
De dolientes amigos por codicia  
De la vida o por miedo de la muerte,  
Víctimas insensibles perecían  
Dentro de poco tiempo, abandonados,  
Necesitados y menesterosos,  
Como lanar ganado y como bueyes:  
Mas los que no temían presentarse  
Al contagio y fatiga se rendían,  
Viendo que el pundonor y tiernas quejas  
De amigos moribundos precisaban  
Entonces a llenar estos deberes.  


Porque el más virtuoso ciudadano  
Acababa la vida con tal muerte:  
Y después de enterrar la muchedumbre  
De sus prendas más caras, se volvían,  
Fatigados de llantos y gemidos,  
A encamarse, muriendo de tristeza:  
Por fin, en estos tiempos de desastre  
Muertos o moribundos, o infelices  
Que los lloraban, sólo se veían.  


Además, ya pastores y vaqueros  
Y el fuerte conductor del corvo arado  
Enfermaban también, y los buscaba  
La contagión dentro de sus cabañas,  
Y allí los daban muerte inevitable  
La pobreza y el morbo: se velan  
A veces los cadáveres tendidos  
De los padres encima de los hijos,  
Y los hijuelos el postrer aliento  
Sobre padres y madres exhalaban.  


El contagio en gran parte provenía  
De la gente del campo, que a millares  
A la ciudad enfermos acudían:  
Todos los sitios públicos y casas  
Estaban llenos; por lo mismo entonces  
Con más facilidad amontonaba  
Apiñados cadáveres la muerte.  


Muchos de sed morían en las calles;  
Y después de haber otros arrastrado  
Hacia las fuentes públicas sus cuerpos,  
Sin vida allí quedaban extendidos,  
Ahogados al sentir la gran dulzura  
Que les causaba el agua que bebían:  
Y las calles estaban ocupadas  
De unos lánguidos cuerpos medio muertos  
Hediondos y sucios y andrajosos,  
Cuyos miembros podridos se caían:  
La piel sola tenían sobre el hueso,  
En la que ya las úlceras y podre  
Habían producido el mismo efecto  
Que hace la sepultura en el cadáver.  


La muerte, en fin, llenó de cuerpos muertos  
Todos los templos santos de los dioses,  
Y estaban de cadáveres sembrados  
Todos los edificios de deidades;  
Los hicieron posadas de finados  
Los sacristanes: importaba poco  
La religión ya entonces y los dioses,  
Porque el dolor presente era excesivo.  


Y se olvidó este pueblo en sus entierros  
De aquellas ceremonias tan antiguas  
Que en sacros funerales se observaban:  
Andaba todo él sobresaltado,  
Y en este general abatimiento  
Cada cual enterraba a quien podía:  
Y la necesidad y la indigencia  
Horrorosas violencias inspiraron;  
Porque algunos gritando colocaban  
A sus parientes en la pira ajena,  
Y poniéndola fuego por debajo,  
Con mucha sangre a veces pendenciaban  
Antes que los cadáveres soltasen.



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